El interrogatorio del Caso Errejón deja al descubierto, una vez más, el largo camino que queda por hacer dentro del ámbito de la violencia de género. Tras haber presenciado las declaraciones de Mouliaá ante el juez Carretero, ¿creéis realmente que las mujeres que se encuentran atravesando una situación similar van a denunciar?
Durante horas hemos sido testigos de la violencia verbal de un magistrado, que ha realizado preguntas inimaginables en los tiempos que vivimos. Estamos hablando de una falta de profesionalidad palpable y un nulo respeto a una profesión tan bonita y relevante como es la judicatura.
Volvamos a la época de los dinosaurios de la cual, al parecer, no hemos salido. Recordemos un caso comparable, la sentencia de 1990 sobre el caso minifalda, en la que se mencionaron frases como “Pudo provocar, si acaso inocentemente al empresario por su falta de vestimenta”.
Visto el avance en estos últimos años del machismo en las salas, vamos a examinar varias de las cuestiones que se plantearon en el juzgado y sobre las que deberíamos sentarnos a reflexionar:
- ¿Por qué ha tardado tres años en denunciar los hechos? Existe un estudio del Ministerio de la Presidencia y Relaciones con las Cortes e Igualdad del Gobierno de España sobre el tiempo que tardan las mujeres víctimas de violencia de género en verbalizar su situación.
Todos sabemos que las leyes se aplican con un método de sota, caballo y rey. No hay más. Sin embargo, la mente humana trabaja con una fórmula diferente, que pierde relevancia ante los juzgados. Para comprender el tiempo que emplean las víctimas de violencia de género en solicitar ayuda y apoyo en un servicio especializado o proceder a la denuncia, hay que tener en cuenta que está determinado por bloqueadores e inhibidores de la respuesta de la mujer que inciden a la hora de tomar acción. Este estudio arroja que la media son 8 años y 8 meses, por lo que los profesionales de este ámbito continuamos desplegando las campañas de sensibilización y medidas informativas con el fin de acabar con la violencia invisible.
- ¿Y no sería que usted sí quería algo con ese señor y al no corresponderle, le denuncia? La típica pregunta que dirige la atención hacia la venganza y el resentimiento. Es la salida más rápida para el abogado de la defensa, pero ¿esto realmente lo ha preguntado un juez que dice públicamente que su máxima es defender a las mujeres?
Por otro lado, en el caso de que ambos estuviesen en disposición de mantener una relación sentimental, voy a manifestar la cantidad de consultas legales que recibo sobre mujeres preguntando si se considera violación, que sus parejas las toquen a media noche sin consentimiento. Por lo cual considero irrelevante que Errejón quisiese o no formalizar algo con Mouliaá, abuso es abuso independientemente del tipo de vínculo que se mantenga.
- ¿Sabe usted para qué se sacó el miembro viril? Hace unos días el juez Carretero realizó unas declaraciones en prensa que utilizó el mismo lenguaje que aparecía en la denuncia y que las preguntas eran las necesarias y propias de un interrogatorio. Quienes han tratado con él directamente lo definen como un hombre culto con una peculiar forma de entender la labor de juez instructor. Sin embargo, no es entendible que formule más preguntas en esta línea como “¿le intentó bajar las bragas?”, “estaba muy ebria, ¿seguro?” El respeto a los juzgados, a nuestra profesión y el uso de nuestro lenguaje se vio rebajado el nivel de la película de Torrente.
- Ley sí es sí. Carretero dejó ver su discrepancia ante esta ley haciendo alusión a que ella dijo que se sentía incomoda, pero no dijo que NO. Por lo visto decir que nos sentimos incomodas no es suficiente. Según el juez tenemos que decir “que me dejes en paz” o “no me toques”. Resulta que nos tenemos que poner al mismo nivel de violencia del agresor, ya que la comunicación asertiva dentro de esta situación pierde credibilidad y según él deberíamos darles un empujón. Claro, después la agresiva es la víctima, ¿os suena?
En definitiva, la falta de perspectiva feminista en los juzgados repercute directamente sobre la seguridad de las víctimas, quienes se sienten cuestionadas en un interrogatorio, en el que no solo se ven reiteradamente interrumpidas, sino que por cuestiones de causa, tiempo y efectividad no pueden explicar la situación completa y con claridad. Un tipo de interrogatorio que revictimiza a las mujeres y las aleja de la denuncia y de la protección por el mito machista de que el hombre es denunciado por despecho o por venganza. Muchas personas se atreven a sacar conclusiones precipitadas, escribiendo en redes “yo no te creo” al visualizar un interrogatorio intimidante, en el que reinan los nervios, el miedo y que, además, en este caso se ve interrumpido una y otra vez sin posibilidad de poder expresarse. Lo mismo ocurre con Errejón, ya que en ambas partes, este proceso se llevó a cabo desde la hostilidad en la que el juez ejerció dominancia y se aprovechó de su posición de superioridad. No olvidemos que el denunciado intentó subir el tono para ser escuchado y Carretero le recalcó la importancia de mantener las formas y un tono de voz con el que él no predica.
Como abogada experta en violencia como la mujer no voy a sacar conclusiones sin ser conocedora de los hechos y las pruebas fehacientes. Estos casos son muy complejos y también complicados de entender para las personas que no han atravesado estas situaciones. ¿Por qué Mouliaá se vuelve a subir con él a un taxi para ir a su casa? Desconocemos el trasfondo y las razones psicológicas que hay detrás, los enganches emocionales y la incoherencia de las acciones que muchas veces se realizan en estas situaciones. Todos los factores dan como resultado que se produzcan este tipo de agresiones, la cual no se le ha permitido a la víctima expresar con claridad para ser comprendida dentro este tipo de entornos. Por lo que es de vital importancia comenzar a sensibilizar el ámbito judicial sobre el trato a víctimas de violencia de género y dejar de restar importancia a los relatos. Parece que se nos olvidó el caso de Ángela González Carreño, cuyo testimonio fue deslegitimizado en los juzgados. Nadie creyó que la violencia que había denuncia por parte de su expareja fuera suficientemente grave como para tomar medidas de protección hacia ella y a su hija., Al poco tiempo, el agresor asesinó a la niña en una visita vigilada. En este punto, podemos comenzar a entender como las decisiones de magistrados, como Carretero, matan porque banalizan la violencia.
Para finalizar, si se concluye con archivo del caso o denuncia falsa, podemos interpretar que Mouliaá no disponía de las pruebas suficientes para demostrarlo; que su letrada no estuvo a la altura de su defensa; que existen intereses políticos por medio ya que no es lo mismo luchar contra personas con influencia en estos ámbitos; y por último, en el caso de que descubriera la falsedad de la denuncia, nos afectaría completamente a todas las mujeres que estamos dispuestas a sobrevivir y acabar con esta lacra social.
Afortunadamente tras 900 quejas, el Consejo del Poder judicial ha abierto una investigación previa que podrá derivar en un expediente. Esperemos que la violencia sexual deje de ser invisible y se denuncie más allá de ese 8% actual.
Ánimo, Elisa.


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